Cuando era yo niño mi padre me explicaba que la calvicie era un signo de distinción y hasta de heroísmo. Subrayaba su parecido con personajes mitológicos que habían salvado al mundo o que lo habían asolado.
En ese entonces no se sabía tanto, como ahora, todas las características que posee este elemento humano. El cabello es en realidad un brotante bulbo de proteína fibrosa del cual ondean alrededor de 100,000 especimenes en cada cabeza normal. Siempre está creciendo…. y siempre se esta cayendo; cada día se pierden en promedio unos cien cabellos. Las personas que se están quedando calvas no pierden más cabellos que las otras: lo que sucede es que tal pérdida no siempre se sustituye.
Pese a lo que se diga en sentido contrario, la calvicie común no tiene nada que ver con sombreros apretados, ciertos cortes de pelo, mala circulación sanguínea, caspa, deficiencias vitamínicas, folículos capilares obstruidos, cuero cabelludo grasoso, la forma de cráneo, o el exceso de trabajo mental. Mi padre había perdido el cabello por una fuerza ajena a su voluntad: una implacable combinación de vejez, hormonas y genes; padecía alopecia andrógena, es decir, calvicie masculina hereditaria.